Crítica: Déjame Entrar (Let Me In)

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15 abril, 2011 | Archivado en Críticas y Reseñas

LET ME IN

Matt Reeves

EE.UU, 2010

Terror, Fantasía Drama

Las historias de asesinos y fantasmas han sido, tras últimos años, tónicos de una liberación visceral y sangrienta; nada más. Películas del género de terror han caído en tal redundancia que parece percibirse más un aire de secuelas que filmes con una creatividad autónoma, siempre fijándose en el atrás o en el costado. Déjame entrar (2010) se aprovecha de la fiebre vampírica motivada por la saga de Crepúsculo, sin embargo, niega sus estereotipos, como también los del género de terror.

Matt Reeves (Cloverfield, 2008) es quien dirige este remake de la película sueca Criatura de la noche (2008), de Tomas Alfredson. A diferencia de su original, el contexto de Déjame entrar está ubicado en la zona de nevados en Los Álamos (Nuevo México, EE.UU). Su temporalidad se concentra en la década de los 80, tiempo en que EE.UU aún terminaba por reaccionar a los cambios políticos y social-urbanos. La Guerra Fría seguía en campaña y el imaginario de los suburbios era una víctima más de los discursos subliminares, aquellos que definían el “bien” y el “mal” (hay una escena donde aparece el entonces presidente Ronald Reagan hablando sobre aquello) haciendo derecho a la ley del más fuerte. Desde este perfil, Déjame entrar se mueve en un tiempo donde las desigualdades son notorias, y el más débil, o el que es diferente, está expuesto a los ataques o a la incomprensión.

'Let Me In': Abby y Owen

'Let Me In': Abby y Owen

Owen (Kodi Smith-McPhee) y Abby (Chloe Moretz) es una pareja de niños, ambos de doce años, amigos por una afinidad fundamental; ambos son dos seres solitarios. Noche a noche ellos coinciden en encontrarse en medio del vacío, reunidos en un juego infantil fabricado de una estructura de metal, una baldía y congelada por el clima sólido de los nevados, tal como sus mismos personajes. Owen dentro de su hogar es ajeno a una vida familiar. De padres divorciados, Owen comparte su vida hogareña con su madre, una que sufre problemas emocionales. Nunca la imagen logra identificar el rostro de ella, siendo esta una prueba que su presencia no es elemental para el pequeño. En su colegio Owen será víctima de los maltratos de un grupo de rufianes de su mismo salón. Ahuyentado una y otra vez, el niño se ha ganado el apelativo de “niñita”, agravándose así su inseguridad y su soledad.

Por otro lado, la soledad de Abby es asumida de distinta forma que la de Owen. Abby es una vampira. Desde hace mucho su naturaleza ha sido la de una niña de doce años, aunque siempre alejada del brillo del sol y del contacto humano, a excepción de su guardián. Owen será así el alma humana que se acerca a la comprensión de una naturaleza tan distinta a la suya; el vampiro, matar para vivir. Abby, así como ocurre con cualquiera de su especie, sobrevive de la sangre humana, aquella que le dispone su guardián o ella misma. Owen se convertirá así en cómplice, no necesariamente por amor, sino por una necesidad inconsciente; Abby le ha heredado una seguridad a su nuevo acompañante, una que le ayudará a enfrentar a sus verdugos, una actitud que en su soledad era capaz de recrearla, más nunca manifestarla. Owen y Abby pasan a ser complemento, uno necesitará del otro, Owen de una frialdad asesina, una que es innata a la naturaleza vampírica, mientras que Abby de una naturaleza más afectiva, una más humana. Desde un punto de vista distinto, Abby parece poseer una naturaleza completamente perversa, una que pueda confundirse con sus momentos de “humanidad”, pero que se ven contrapuestos por su actitud manipuladora, una suerte de “tú dependes de mí”, como un conde Drácula en búsqueda de su “Reinfield” o súbdito, algo que se logrará comprender cuando en la película irrumpa una foto, pieza clave dentro del filme.

Let Me In - Owen (Kodi Smith-McPhee) y Abby (Chloe Moretz)

Let Me In – Owen (Kodi Smith-McPhee) y Abby (Chloe Moretz)

Déjame entrar, al igual que su versión original, interpreta al personaje vampírico desde un punto de vista distinto, uno más humano, como queriéndose divorciar de su propia naturaleza. La imagen de los niños de doce años emanan un aura sumiso y casto, este último detalle es importante tomar en cuenta debido a que, a diferencia de Criatura de la noche, la película de Matt Reeves se interesa por intensificar un ambiente más afectivo, casi una antesala al deseo carnal, al descubrimiento de la sexualidad, una que Owen aún desconoce y que de vez en cuando curiosea tímidamente desde su ventana al ver a una vecina suya. Déjame entrar, sin embargo, peca a veces de los útiles comerciales. El efectos especiales en la mayoría de veces son desacertados (la escena del auto es una de la pocas bien usadas). Asimismo, la banda sonora, incluidas las pistas de música de los 80’s, no son tan seductoras como la mudez que reinaba en la película de Alfredson. Criatura de la noche es una película muy lograda, es desde este sentido inevitable no compararla con el remake que efectivamente no alcanza la estética de su original.

Crítica escrita por: Carlos Esquives


  • David

    esta pelicula demuestra que esa mierda de crepusculo es una moda

  • David

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