Review: ‘El Código de Miedo’
Para servirnos de algunos ejemplos. El cine de acción, desde una perspectiva distinta, no es un género que siempre está ajustado a una ración de modalidades o argumentos definidos. Guy Ritchie –primer caso– es un director que bajo la dialéctica del thriller, recrea un argumento complejo de un número de personajes, cada uno elemental dentro [...]
Para servirnos de algunos ejemplos. El cine de acción, desde una perspectiva distinta, no es un género que siempre está ajustado a una ración de modalidades o argumentos definidos. Guy Ritchie –primer caso– es un director que bajo la dialéctica del thriller, recrea un argumento complejo de un número de personajes, cada uno elemental dentro de su trama, llena de trampas y replanteamientos. Por otro lado, James Gray –otro caso– ha sedimentado gran parte de su filmografía a partir de historias que encarnan a personajes rodeados de un círculo conflictivo íntimo, sirviéndose además de una versión clásica del cine policial-delincuencial. Ambos personajes, figuras representativas en lo que respecta al género de acción, han ido imponiendo un estilo propio, ganándose un respeto bien merecido. Ahora, un ejemplo distinto y apresurado por su filmografía aún prematura. The town (2010), de Ben Affleck, primer acercamiento de este joven director en lo que concierne al cine de acción, no posee ni la complejidad argumentativa de Ritchie ni el sentimiento temático de Gray. Sin embargo, bastó tan solo de un buen argumento, un conflicto y un hábil manejo de escena.
De no ser por su tan manoseada trama y una debilidad por inventar una serie de frases épicas, pero que terminan siendo una lista de revisitados clichés, Safe o El código del miedo (2012), de Boaz Yakin, tranquilamente hubiera sido una película de acción de buen cine, al nivel, por ejemplo, de la película de Ben Affleck, una que si bien no poseía una trascendencia al estilo de Gray o Ritchie, si poseía el entusiasmo y la reproducción ágil que es imprescindible en una película de acción. El código del miedo de hecho no tiene nada de aburrido. Hay una bien merecida mención de una coreografía muy esmerada, la sucesión hiperactiva de los hechos que van sumando los choques de balazos y golpes entre el “duro” Jason Statham y delincuentes pertenecientes a los yakuza y los bratva. Pero lo que aún es más atractivo, es que el director Boaz Yakin posee una afición por promover puntos de vista, enfocar y admirar la acción desde espacios insólitos, como es el retrovisor de un auto o la caída libre de dos sujetos desde una ventana. Más allá de eso, la película resulta simple y trivial.



















